Fue pasando el tiempo, más rápido de lo que él le gustaría. Su cuerpo empezó a achacar el peso de los años, pero sobre todo de tantos y tantos proyectos que se fue echando a la espalda.
Eran sueños sin cumplir que cada día veía más lejanos, muchos de ellos irrealizables. Con determinación decidió deshacerse de todo aquello que de una ingenua y bonita ilusión pasó a convertirse en frustraciones y debilidades que le impedían continuar caminando.
Y ahora más que nunca con los pies en la tierra, el pequeño caracol sigue deslizándose por los caminos, a paso lento, pero más seguro que nunca, y sobre todo, ligero y con esperanzas renovadas.
